LA EVALUACIÓN: UNA RELACIÓN DE PODER, PARA PODER


    La evaluación se ha convertido en uno de los momentos mas tensionantes de la educación puesto que se puede prestar para priorizar el resultado por encima del proceso y del mismo aprendizaje o considerar que aun una sola forma de evaluar a un grupo heterogéneo en sus intereses, habilidades y posibilidades, generando relaciones de poder que van en contra de la intención misma de evaluar.        
    El presente escrito versará en torno al problema de la evaluación, teniendo como base los aportes de tres autores franceses, a saber, Michel Foucault, Philippe Perrenoud y Pierre Bourdieu; finalmente se plantearán algunas conclusiones valorando los puntos en común, las divergencias y la forma como se articulan estos elementos con la evaluación hoy.

1.      El examen en Foucault en el contexto de la modernidad
        En primer lugar, valoraremos la obra de Michel Foucault, filósofo e historiador de las ideas. En su libro “Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión” el autor descubrió el carácter central de la educación en la construcción de la modernidad, en la medida en que fue una institución clave en la formación de un nuevo tipo de sujeto, por medio de la implementación de una suerte de discursos y prácticas. En orden a lo anterior, se entiende por sujeto tanto el ser ligado a alguien por el control y dependencia, como estar ligado a la propia identidad por el autoconocimiento y la conciencia. (Foucault, 1997)
        Es importante señalar que, para este filósofo, el examen es el lugar en el que las relaciones de poder y saber adquieren toda su visibilidad, por lo que es pertinente valorar el sentido del examen en su obra. Si bien, el examen crea un constante intercambio de saberes, garantizando el paso de los conocimientos del maestro al discípulo; de esta manera, el examen constituye al individuo como "objeto y  efecto de poder, efecto y objeto de saber" (Foucault, 1980, pág. 197).
        A través del examen la relación entre poder y saber se desarrolla por medio de unos procesos específicos, para efectos de este escrito mencionaremos tres. En primer lugar, se invierte la economía de visibilidad del poder, es decir, ya el poder disciplinario no busca ser visible desde las plaza y la orca pública, por ejemplo, sino que centra su atención en la visibilización de los individuos con el fin de dominarlos; el examen, en concreto, es la técnica por medio de la cual se desarrolla el proceso de observación constante y objetivación de los individuos.
        En segundo lugar, la individualidad se traslada al campo documental, es decir, el registro y la acumulación documental permite que, por un lado, se reconozcan rasgos singulares, capacidades y aptitudes propias. Y por el otro, favorece la constitución de un sistema comparativo, que permite visibilizar las desviaciones de los individuos respecto a los otros. En tercer lugar, el individuo se convierte en un caso, objeto de saber y presa del poder, en el que se intenta, por medio de esta técnica, corregir y orientar su conducta en orden del sujeto que la modernidad necesita. De esta manera en múltiples ocasiones el aprendizaje es producto del castigo, tal como lo planteó San Juan Bautista de la Salle que valora las penitencias impuestas por el maestro y da cuenta de la frase acuñada: “Castigar es ejercitar” (Foucault, 1980, pág. 185).
        En orden a lo anterior, esta individualización es producto del proyecto moderno que tiene como objetivo la construcción y consolidación del Estado-Nación, orientado al progreso, y que se despliega en instituciones como la escuela, la prisión, la clínica y el manicomio, instituciones estudiadas por Foucault, en donde se efectúa el poder normalizador y estimula positivamente a quien actúa en orden a los intereses del Estado.
        En síntesis, para Foucault, la evaluación está fundamentada en el poder disciplinario que funciona a partir de la normalización y en la que enmarca el examen como el medio para controlar lo que se debe saber, de igual manera, insiste en que debe continuar investigándose debido a que “encierra todo un campo de saber, toda una clase de poder”. (Foucault, 1980, pág. 189)

 2.      La evaluación y el fracaso escolar en Perrenoud

        En segundo lugar, abordaremos a Philippe Perrenoud, quien con su obra La construcción del éxito y del fracaso escolar, presenta algunos conceptos sobre la evaluación, a partir de la experiencia escolar en Suiza y su participación en la investigación “Acción sobre el fracaso escolar y la modificación de la enseñanza”. El autor establece una comparación entre la escuela y una fábrica, que construye “una realidad nueva, que provoca en los alumnos, una serie de juicios que confieren a las desigualdades reales una significación, una importancia y unas consecuencias que no existirían si no fuera por la evaluación (…)” (Sime Poma, 2005, pág. 45); empleando para ello, procedimientos relativamente estables que construyen una representación de la realidad en la que la excelencia es la que determina el éxito o el fracaso de un estudiante y quien da relevancia a este juicio, para acentuar la desigualdad.
        Sin embargo, para comprender el concepto de excelencia, considero pertinente explorar cómo éste surge de la cultura escolar que plantea Perrenoud, a partir de un orden lógico que inicia en la planeación de lo que se va a enseñar y que se define como currículo formal, el cual es establecido por las instituciones como un “mecanismo unificador”, que a través de la normalización, busca definir lo que el estudiante debe aprender, así esté alejado de su interés y su realidad, y haciendo que falte la pertinencia necesaria para que sea significativo; deduciendo de esto, que se produce una relación de poder donde la institución define y el estudiante debe cumplir.
        El proceso continúa con la intervención del maestro quien, liderando el ejercicio de enseñanza en el aula, a través de la “reinvención, explicación, ilustración, reformulación y concreción del currículo formal” (Perrenoud 1990, pág. 200), ejecuta un currículo real cargado de experiencias de aprendizaje que involucran la dinámica de los estudiantes y la didáctica del profesor, como resultado de una negociación entre las partes y que no depende de la formación del docente, sino de la resignificación que le dé el profesor al currículo formal, algo en lo que coincide con el estadounidense Henry Giroux, uno de los fundadores de la pedagogía crítica, quien define esta acción como “la construcción de un lenguaje de posibilidades”. (Sime Poma, 2005, pág. 50)
        La evaluación es formal en la medida en que es la institución quien a través de un sistema de evaluación normatiza la manera de hacerla, determina la frecuencia en que se hace y las circunstancias en que debe desarrollarse, así como las consecuencias para quienes no alcanzan el nivel esperado, lo que ratifica la relación de poder en la que la institución condiciona el nivel que debe alcanzar el estudiante para confirmar su saber; tomando el éxito como la preparación intensiva de los exámenes, el currículo formal como referente y la excelencia escolar como “la capacidad de saber repetir, en el momento oportuno, lo que ha sido ejercitado” (Sime Poma, 2005, pág. 47), de dicho currículo (oficio del alumno).
        Esta situación genera incomodidad en el estudiante, quien puede perder su naturalidad en el proceso, ya que trabaja a su propio ritmo durante las actividades normales de clase, pero al momento de enfrentarse a una prueba escrita,  le surgen angustia y tensión que afecta su rendimiento intelectual; el tiempo y la precisión de las respuestas son factores que inciden en esa tensión e impiden que los estudiantes con menos habilidades o condiciones puedan cumplir con toda la prueba; situación que además de Perrenoud, es propuesta por el docente e investigador argentino Hugo Cerda, quien plantea el afán del educador por hacer del estudiante un individuo productivo. (Sime Poma, 2005, pág. 50)
        Empero, la situación del aula, la interacción de los estudiantes y la injerencia del educador, hacen que surja la evaluación informal “(…) a menudo hecha de manera muy intuitiva, casi inconsciente, y sobre las prácticas más banales” (Sime Poma, 2005, pág. 46), que permitirán al estudiante aprender y demostrarlo de la forma más adecuada posible, sin desconocer que el currículo formal es referente para este desarrollo estudiantil.
        En consecuencia, la evaluación informal puede desencadenar en un currículo cerrado, que centrado más en los trabajos realizados por el estudiante, que en su aprendizaje; permite detectar las dificultades de los alumnos y definir las acciones de apoyo por parte del maestro, aunque no evite que se repitan las mismas fallas en los mismos estudiantes.
        La relación entre la evaluación formal y la informal, está determinada por la imagen que el docente ha creado del estudiante frente al nivel de excelencia alcanzado y que tiende a coincidir con los resultados de los exámenes; sin embargo, es también el punto de tensión entre los dos tipos de evaluación, ya que en caso que el docente tenga un imaginario del estudiante que no coincida con los resultados de la evaluación formal, tenderá a incidir para que dichos resultados se ajusten a su percepción, manifestándose una vez más, un conflicto de poder que se ejerce en últimas sobre el estudiante.
        Perrenoud plantea que la relación entre los dos tipos de evaluación, puede denominarse evaluación de proceso y se desarrolla sobre la marcha, lo que implica que el docente tienda a buscar el equilibrio entre los dos tipos, aunque puede suceder que las tensiones producidas por los exámenes, afecten la percepción que se tenía del estudiante durante su evaluación informal o viceversa, a lo que el estudiante se preocupará por aprobar el año solo con el cumplimiento de la evaluación formal, sin que esto implique que se ha asegurado el aprendizaje.
        En orden a lo anterior, del proceso de evaluación surgen las calificaciones, las cuales deben ser procesadas combinando intuitivamente lo normativo, de lo criterial y en donde el equilibrio que ejerce el docente evita que una predomine sobre la otra, ya que lo normativo evalúa al estudiante en referencia con todo el grupo que sigue el mismo programa para establecer un porcentaje de aprendizaje; mientras que lo criterial, evalúa al estudiante con respecto a un criterio definido por la institución o por el docente y que se mide a partir de la respuesta que espera de la prueba escrita u oral.
        Al mismo tiempo con las calificaciones, surge el juicio evaluativo que a partir de un concepto jerárquico, define el nivel de excelencia del estudiante y es asociado a un dominio conceptual que le promueve al siguiente grado; en caso contrario, el nivel de fracaso del estudiante implica la repetición del curso, lo que para Perrenoud es consecuencia del fracaso, mientras para el educador es apenas un indicador.
        El juicio evaluativo se apoya en dos ejes que determinan el nivel alcanzado, tomando para ello características del estudiante que le permitan el grado de excelencia en que se encuentra, ya que algunos de ellos logran el éxito o el fracaso, gracias a su nivel de inteligencia y su desenvolvimiento para obtener calificaciones notables, mientras otros lo logran por su dedicación y esfuerzo en el cumplimiento de las actividades escolares que le permiten “(…) repetir lo ejercitado” (Sime Poma, 2005, pág. 49) y “(…) que responde a la imagen clásica del buen alumno”. (Sime Poma, 2005, pág. 49)
        Finalmente, el resultado de la situación anterior, manifiesta la mayor relación de poder por parte de la institución que construye una realidad en torno al juicio de excelencia o de fracaso y que rotulan al individuo para que desarrolle acciones impuestas por dicha realidad y que legitimiza para tomar decisiones; es acá, donde surge la desigualdad en el aprendizaje, producto de la arbitrariedad de la escuela frente a la fabricación de juicios de excelencia y del distanciamiento entre el currículo formal y el currículo real que descuidan el aprendizaje pertinente para el estudiante.


 3.      La evaluación desde la Reproducción de Bourdieu

        En tercer lugar, la enseñanza y la evaluación son valoradas desde el punto de vista universitario que Bourdieu y Passeron plasmaron en el libro “La reproducción, elementos para una teoría del sistema de enseñanza” y quienes presentan una realidad que también es vivida en la escuela, donde la autonomía de la institución ejerce un poder que controla y le permite definir que enseñar, cómo enseñar y para qué enseñar.
        Es en la reproducción, donde la cultura juega un papel fundamental, siempre que esta esté ligada al enciclopedismo y los intereses culturales de la alta sociedad, quien como clase dominante es prioridad para el sistema educativo, de ahí, que surge el arbitrario cultural encaminado a asegurar el éxito escolar y social de los más favorecidos, a fin de preservar la alta cultura y el estatus de la clase social que la demanda.
    El fenómeno anterior implica, a la vez, rechazar toda cultura que difiere de la adoptada,  considerándola como cultura inferior y exigiendo para ello, la deculturización de las clases menos favorecidas y dominadas, en una relación de poder en la que los individuos pierden su identidad y se exponen al fracaso en el sistema escolar, ya que implica en muchas ocasiones desconocer sus costumbres, asumiendo situaciones nuevas, ajenas a su contexto y distantes de su realidad.
        Esta situación es la que Bourdieu saca a la luz, generando incomodidad porque “devela la verdad de la verdad legitima” (Sime Poma, 2005, pág. 51), frente a un sistema educativo que ha pretendido proyectar una imagen neutral, que aparentemente no toma partido y que, sin embargo, en palabras del autor, reproduce las desigualdades sociales y las lleva a la escuela, con el fin de perpetuarlas mediante la puesta en marcha de esta arbitrariedad cultural denominada “violencia simbólica”.
      Como la violencia simbólica busca que los individuos interioricen este proceso, independientemente de si concuerda o no con su condición social, se apoya en la inculcación que reproduce las desigualdades mencionadas, a través de la comunicación pedagógica, que por medio de la institucionalidad de la escuela, impone una autoridad pedagógica representada en el docente, quien no es cuestionado ni refutado; dicha autoridad le otorga el poder para diseñar un currículo enmarcado en la arbitrariedad cultural y que al momento de ser evaluado, presentará  resultados satisfactorios para los que pertenecen a la cultura dominante.
        El examen se convierte para Bourdieu en el momento decisivo para diferenciar a los aprobados de los desaprobados, que genera una connotación social ya que, establece escalas que son legitimizadas y generan una segmentación social, donde comúnmente los que aprueban están proyectados al éxito  en el ámbito social, profesional y económico, lo que asegura su permanencia en el poder; así mismo, refuerza la producción de un sistema cíclico que tiende a repetirse y en el que los desaprobados están conducidos al fracaso y a la falta de oportunidades, en un sesgo evaluativo que no está de su lado.
    Adicionalmente, los medios de comunicación juegan un papel preponderante dentro de esta inculcación, ya que en su mayoría son propiedad de los poderosos y sirven a los intereses de estos; quienes suman a su capital cultural, el capital económico, gracias al alcance masivo que logran y la arbitrariedad con que venden sus ideas, para ratificar la interiorización de este proceso de deculturización.
        Una vez desarrollado el ejercicio de inculcación, viene la reconversión que se apoya en la acción pedagógica orientada a generar el habitus o interiorización de la arbitrariedad cultural, que tiene su etapa inicial en la familia y que, luego en la escuela, se reafirma si es afín a la clase alta o se reorienta si es un habitus nuevo para el individuo, a quien le costará el cambio y le implicará negarse a nivel cultural.
        Por lo anterior, se hace necesario definir los grados de eficacia, donde la durabilidad está orientada por el tiempo necesario para generar el habitus, la exhaustividad corresponde al habitus que se quiere inducir y la transferibilidad que busca que el habitus permee todos los aspectos en la vida del individuo, como la ética, la estética y el sentido del gusto.
        Finalmente, esta reproducción es para Bourdieu la generadora de un empobrecimiento cultural que se vive actualmente en los menos favorecidos y que ratifica su posición en la escala social, haciendo que su capital cultural se vea mermado y enmarcado en una competencia con la clase alta, competencia en la que se integran otros tipos de capital, como el económico y el social, y donde los deculturizados son arrollados debido a las desventajas que los caracterizan.

·         Consideraciones finales
     Retomando cada una de las propuestas de evaluación, se logra identificar que surgen de experiencias diferentes en contextos distintos, y sin embargo, en ellas la relación de poder se hace presente en diferentes grados, desde la vigilancia y el castigo que reciben los presos que analiza Foucault a través de la disciplina y donde el examen se desarrolla bajo una supervisión exhaustiva que tiene como resultado la sanción de lo anormal y el castigo como forma de conducción de los sujetos; pasando por la construcción de éxito y de fracaso en las escuelas de Suiza expuesto por Perrenoud, quien ve en el sistema escolar una fábrica de juicios evaluativos producto del examen, y en donde se acentúa la desigualdad en el aprendizaje que desencadena en una realidad de fracaso que se impone y se legitimiza; para llegar finalmente a Bourdieu, quien junto a Passeron, analizan la situación del mundo universitario, para encontrar que la arbitrariedad cultural y el empoderamiento de la clase dominante, a través de una violencia simbólica, es desarrollada desde la escuela y en la que el examen como momento de la verdad, segrega a los fracasados de los exitosos y los condena a repetir la historia de fracaso o de éxito según la clase a la que pertenezca.
     En conclusión, estas relaciones de poder muestran que la evaluación está enmarcada en tres aspectos: el examen orientado a medir para descalificar, la institución como panóptico que quiere tener el control del sistema escolar en lo que se enseña, lo que se aprende y los que se promueven, y el educador que se convierte en un medio para hacer que los intereses de la institución se hagan realidad; sin embargo, sabiendo que estas situaciones no son ajenas a nuestro sistema y que en ocasiones parecen retratos hablados de los que se vive en nuestro país a nivel educativo y cultural, ¿dónde queda el estudiante?, ¿la participación del estudiante debe ser pasiva en un proceso en el que es protagonista?, ¿la evaluación está orientada para hacer del estudiante un objeto a evaluar?
Aprovecho que estamos en un contexto en el que convergemos varios educadores y que las situaciones descritas no son gratas para nuestro quehacer; surgen entonces muchas inquietudes, pero acá, solo planteo tres que van dirigidas específicamente a nosotros: ¿Cómo concebir la evaluación para formar en un contexto que califica y descalifica? ¿El examen es el único indicador para determinar el saber del estudiante? ¿Cómo manejar la evaluación sin que se determine una relación de poder en el proceso?



Referencias


Alejandro Alemán, D. (01 de Febrero de 2010). Educativo. Recuperado el 25 de Febrero de 2018, de http://dianaalejandroaleman04.blogspot.com.co/2010/02/biografia-philippe-perrenoud.html
Biografías y Vidas. (2014-2018). Recuperado el 25 de Febrero de 2018, de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/f/foucault_michel.htm
Círculo de las Bellas Artes de Madrid. (2016). Círculo de las Bellas Artes de Madrid. Recuperado el 25 de Febrero de 2018, de https://www.circulobellasartes.com/biografia/pierre-bourdieu/
Dpto de Educación de Perú. (2018). Departamento de Educación de Perú. (O. INC., Productor) Recuperado el 25 de Febrero de 2018, de http://www.pucp.edu.pe/profesor/luis-sime-poma/
Sime Poma, L. E. (2005). Evaluación educativa: Enfoques para un debate abierto. Lima, Perú: Pontificia Universidad Católica del Perú.

Comentarios

  1. Buena investigación. Desde mi perspectiva falta evolucionar el sistema de evaluación convencional para lograr los objetivos que como sistema educativo se proponen. Las pruebas estandarizadas no reflejan en su totalidad cómo es la educación ya que se basan en medir sólo conocimientos y no saberes prácticos. También considero pertinente el lograr un sistema de evaluación basado en la confianza, dónde maestros ejerzan la práctica pedagógica más conveniente de acuerdo a su grupo

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  2. De acuerdo con el comentario de María sobre la necesidad de repensar el concepto de evaluación. Las críticas de Foucalt y de Bourdieu están enfocadas precisamente a cuestionar un modelo evaluativo que acaba por reflejar las relaciones de poder.

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