En
todos los procesos de enseñanza surge la evaluación como el medio para
verificar el aprendizaje alcanzado por el estudiante; sin embargo, en muchas
ocasiones este proceso se convierte en una situación que genera incomodidad, ya
que el joven puede perder su naturalidad mientras es evaluado, algo contrario a
cuando trabaja a su propio ritmo durante las actividades normales de clase, ya
que al enfrentarse a la evaluación, él experimenta angustia y tensión que
afecta su rendimiento, generando que se priorice por hacer del estudiante un
individuo productivo (Perrenoud citado Sime Poma, 2005, pág. 50), sobre uno que aprenda en felicidad.
Esta
debilidad en la evaluación, hace que busquemos un modelo que contribuya al
mejoramiento del estudiante según su ritmo y las dimensiones desarrolladas en
su proceso, lo que le permitirá al maestro, atender al joven desde su
integralidad
Lo
anterior nos conduce a una evaluación formativa que es “empleada por el maestro
con el fin de adaptar su acción pedagógica a los procesos y los problemas de
aprendizaje observados en los alumnos”
Es
entonces cuando el acompañamiento se convierte en un elemento clave de la
evaluación que demanda una relación pedagógica estrecha y articulada, en la que
tanto maestros como estudiantes intercambian sus percepciones sobre una tarea, lo
que “propicia una retroalimentación que haga pensar al estudiante a partir de
preguntas (…)” a fin de que “(…) revise
su tarea, realizando el mismo trabajo que hace el profesor cuando
retroalimenta: analizar”
Como
elemento clave del acompañamiento en los diferentes componentes del ecosistema
pedagógico salesiano, es importante definir
“la relación que hay entre el hablar y el hacer, lo teórico y lo
práctico, los deseos y la realidad. Con el joven hay que hablar, pero también
hay que observarle, conocer cómo es...”
Nuestro
reto es entonces, hacer de la evaluación, un proceso en el que las relaciones
de poder desaparecen y el acompañamiento de los maestros, convierte a los
jóvenes y su aprendizaje en el motivo principal de la enseñanza, ya que la
formación lograda por ellos, será la que les permita asumirse como “individuos
capaces de vivir en un mundo multifacético y sustentable y contribuir al mismo
como ciudadanos activos y responsables, así como también, de apreciar y
edificar diferentes valores, creencias y culturas”
Referencias
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Sime Poma, L. E. (2005). Evaluación educativa: Enfoques
para un debate abierto. Lima, Perú: Pontificia Universidad Católica del
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