EL ACOMPAÑAMIENTO: CLAVE PARA UNA EVALUACIÓN FORMATIVA

 

En todos los procesos de enseñanza surge la evaluación como el medio para verificar el aprendizaje alcanzado por el estudiante; sin embargo, en muchas ocasiones este proceso se convierte en una situación que genera incomodidad, ya que el joven puede perder su naturalidad mientras es evaluado, algo contrario a cuando trabaja a su propio ritmo durante las actividades normales de clase, ya que al enfrentarse a la evaluación, él experimenta angustia y tensión que afecta su rendimiento, generando que se priorice por hacer del estudiante un individuo productivo  (Perrenoud citado Sime Poma, 2005, pág. 50), sobre uno que aprenda en felicidad.

Esta debilidad en la evaluación, hace que busquemos un modelo que contribuya al mejoramiento del estudiante según su ritmo y las dimensiones desarrolladas en su proceso, lo que le permitirá al maestro, atender al joven desde su integralidad (Casanova, 1998), favoreciendo una práctica pedagógica que sea “formativa, continua e integrada en el desarrollo del currículo” (p 66) que asegurará responder con la meta de aprendizaje propuesta. 

Lo anterior nos conduce a una evaluación formativa que es “empleada por el maestro con el fin de adaptar su acción pedagógica a los procesos y los problemas de aprendizaje observados en los alumnos” (Allal, 1980, pág. 4), que además es continua y directamente relacionada con la calidad de la enseñanza y el aprendizaje (López-Pastor, 2009), lo que involucra y compromente al estudiante y al profesor en un espacio de reflexión entre las partes.

 Por consiguiente, “la reflexión describe un primer elemento en la solución de conflictos académicos a la vanguardia de un proceso de acompañamiento posterior a los resultados de una evaluación” (Pardo, Díaz, & Mendoza, 2012, pág. 131), que no deje solo al estudiante y que con el apoyo del docente, logre fortalecer un pensamiento crítico-reflexivo, orientado a mejorar a medida que atiende las diferentes situaciones a las que se enfrenta en un medio ambiente vital definido por el ecosistema pedagógico salesiano. 

Es entonces cuando el acompañamiento se convierte en un elemento clave de la evaluación que demanda una relación pedagógica estrecha y articulada, en la que tanto maestros como estudiantes intercambian sus percepciones sobre una tarea, lo que “propicia una retroalimentación que haga pensar al estudiante a partir de preguntas (…)”  a fin de que “(…) revise su tarea, realizando el mismo trabajo que hace el profesor cuando retroalimenta: analizar” (Salazar, 2016), siendo éste un pretexto para  entablar un diálogo y un acercamiento entre las partes a medida que reflexionan sobre su respectivo hacer. 

Como elemento clave del acompañamiento en los diferentes componentes del ecosistema pedagógico salesiano, es importante definir  “la relación que hay entre el hablar y el hacer, lo teórico y lo práctico, los deseos y la realidad. Con el joven hay que hablar, pero también hay que observarle, conocer cómo es...” (Riesco, 2016, pág. 52), ya que esto asegura la familiaridad entre el estudiante y el docente.

 Por consiguiente, a medida que el maestro descubre la realidad del joven, lo comprende y lo ayuda a mejorar en aquellos aspectos débiles en los que el estudiante no ha sido consciente y que el maestro ha detectado en esa cercanía que da el acompañamiento, haciendo de la evaluación un proceso formativo centrado en el aprendizaje y el beneficio del joven. 

Nuestro reto es entonces, hacer de la evaluación, un proceso en el que las relaciones de poder desaparecen y el acompañamiento de los maestros, convierte a los jóvenes y su aprendizaje en el motivo principal de la enseñanza, ya que la formación lograda por ellos, será la que les permita asumirse como “individuos capaces de vivir en un mundo multifacético y sustentable y contribuir al mismo como ciudadanos activos y responsables, así como también, de apreciar y edificar diferentes valores, creencias y culturas” (Schleicher, 2011, pág. 16) y que se sintetiza en la formación de buenos cristianos y honestos ciudadanos.

 

Referencias

Allal, L. (1980). Estrategias de evaluación formativa. Concepciones psicopedagógicas y modalidades de aplicación. Revista Infancia y Aprendizaje(11), 4-22.

Casanova, M. A. (1998). Manual de evaluación educativa. Escuela Básica. Madrid: Muralla.

López-Pastor, V. M. (2009). Evaluación formativa y compartida en Educación Superior: Propuestas, técnicas, instrumentos y experiencias. Madrid: Narcea.

Pardo, C., Díaz, R., & Mendoza, M. (2012). El acompañamiento como elemento fundamental en el desempeño académico de los estudiantes del programa de administración de empresas de la Universidad de La Salle. Revista Face, 12, 129-144.

Riesco, J. (2016). Estilo salesiano de acompañamiento del educador y/o animador. Misión Joven(476), 49-54.

Salazar, M. L. (01 de 06 de 2016). Universidad del Desarrollo. Recuperado el 27 de 10 de 2018, de http://educacion.udd.cl/noticias/2016/07/sabias-que-la-retroalimentacion-efectiva-es-la-que-provoca-un-cambio-en-el-estudiante-y-no-el-trabajo/

Schleicher, A. (2011). Argumentos para el aprendizaje y la evaluación del siglo XXI. Revista Internacional Magisterio(10), 16-20.

Sime Poma, L. E. (2005). Evaluación educativa: Enfoques para un debate abierto. Lima, Perú: Pontificia Universidad Católica del Perú.

 

Comentarios